© 2026 Josep Marc Laporta
1- A modo de introducción
2- Migraciones bíblicas
3- Cuius regio, eius religio
4- Religiones migrantes
5- Equipaje cultural
6- Red de protección
7- Relaciones transnacionales
1- A modo de introducción
El concepto de migración no es nuevo ni tampoco ajeno a la
historia de la humanidad. De tapa a tapa, la Biblia presenta un pueblo en
constante movimiento: llamado a salir, exiliado, peregrino, refugiado o
enviado. Consecuentemente, la experiencia migratoria no es un elemento
secundario, sino una realidad sociocultural que moldeó la identidad del pueblo
de Israel y la de la Iglesia de todos los tiempos.
2- Migraciones bíblicas
Las Escrituras distinguen varios tipos de migración: por
llamado divino, por hambruna, por persecución, por exilio o como metáfora de la
vida del creyente. El libro del Génesis presenta la primera migración bíblica
con Abraham, con la orden de abandonar su tierra, su familia, su cultura y su
seguridad por mandato divino (Génesis
12:1-3). Posteriormente,
en el Nuevo Testamento, Hebreos 11:8 ratifica la realidad primera y última de aquella
migración: «Por
la fe Abraham […] salió sin saber a dónde iba» (Hebreos 11:8). Es decir, fe y obediencia
absoluta.
Sin embargo,
la migración también tuvo lugar por causa de hambrunas, según narra Génesis
26:1-3, cuando Yahvé habló a Isaac advirtiéndole que no descendiera a Egipto: «Habita en la tierra que
yo te diré».
Seguidamente, Jacob y su familia emigran tras recibir la directriz de Dios en
visión de noche: «No
temas de descender a Egipto, porque allí yo haré de ti una gran nación. Yo
descenderé contigo a Egipto, y yo también te haré volver; y la mano de José
cerrará tus ojos» (Génesis
46:2-4). Pasados
los años, el viaje a la tierra de los faraones también tenía pasaje de vuelta
bajo la providencia divina y la vara de Moisés: «He visto la aflicción de
mi pueblo […] y he descendido a librarlos» (Éxodo
3:7-8).
Por
supuesto que el exilio forzoso es migración con pérdida de los privilegios
culturales que protegen la identidad y el bienestar social de las familias.
Este fue el caso del exilio babilónico, con la deportación hebrea a tierras
hostiles. Tras la caída de Jerusalén, narrada en 2 Reyes 25, el Salmo 137
expresa la dureza de la estancia en un lugar inhóspito para el alma hebrea y la
reiterativa añoranza sin recompensa, sin poder entonar cántico a Yahvé en
tierra de extraños. Pero, sorprendentemente, Dios insta a buscar la paz en
ciudad extraña, a construir hogares y formar familias: «rogad por ella a Yahvé;
porque en su paz tendréis vosotros paz» (Jeremías 29:4-7). Pero tras el exilio llega otra migración y otras
adaptaciones bajo un tiempo que no volverá ya más. Esdras 1 da cuenta de que el
retorno también forma parte de la historia migratoria, con sus difíciles
reencuentros con la realidad y la reconstrucción en todos los sentidos.
Jesús nació
en un desplazamiento: un traslado temporal de la familia a Belén por causa de
un censo dictado por Augusto César (Lucas
2:1-5). El
viaje no fue todo lo sencillo y placentero que podían prever sus padres. El tiempo
se cumplió y María dio a luz a su hijo primogénito en medio del traslado, en un
pesebre, entre animales. Y el resto de la historia incluye una huida a Egipto
por causa de la persecución de Herodes (Mateo
2:13-15). Sin
embargo, el ministerio de Jesús no gozó de acomodaciones y privilegios. Fue
itinerante. Aun sin salir de su propia tierra, el Salvador no dispuso de
residencia fija: «Las
zorras tienen guaridas, mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su
cabeza» (Mateo 8:20). En esas condiciones de
vida recorrió Galilea, Judea y Samaria.
Tras la
muerte, resurrección y ascensión de Jesús, en Pentecostés los primeros
cristianos experimentaron el primer encuentro internacional con partos, medas,
egipcios, romanos, árabes y ciudadanos de Asia Menor (Hechos 2:5-11). Pero la persecución a la
que posteriormente fueron sometidos provocó una diáspora que favoreció la
expansión del Evangelio: «En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que
estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de
Samaria, salvo los apóstoles. […] Pero los que fueron esparcidos iban por todas
partes anunciando el evangelio» (Hechos
8:1-4).
Gran parte
del libro de los Hechos es un relato de migraciones misioneras, de
desplazamientos, de viajes a tierras conocidas y desconocidas. El apóstol Pablo
recorrió miles de kilómetros fundando iglesias en Chipre, Asia Menor, Grecia,
Macedonia y Roma (Hechos 13-28). Consecuentemente, la
misión cristiana se desarrolló y expandió mediante constantes viajes.
Sin
embargo, la migración también se convierte en una imagen espiritual. Hebreos
11:13 expone la identidad del cristiano: «Conforme a la fe murieron todos estos sin haber
recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y
confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra». La expatriación y el
peregrinaje también son parte de la misión del cristiano, hasta el punto de que
el apóstol Pedro utiliza el lenguaje migratorio para describir la verdadera personalidad
en la misión: «Os
ruego como a extranjeros y peregrinos…» (1 Pe 2:11), concluyendo Pablo con el definitivo padrón: «Nuestra ciudadanía está
en los cielos»
(Fil. 3:20).
En resumen y como compendio: Abraham sale de Ur; Israel sale de Egipto; Israel vuelve del exilio; Jesús vuelve de Egipto; su ministerio no tiene domicilio fijo; los apóstoles recorren el mundo; y la Iglesia peregrina viaja entre las naciones. En definitiva, el cristianismo nació como una fe migrante y misionera, y las iglesias locales son hitos en el trayecto que marcan y señalan el camino a seguir.
3- Cuius regio, eius religio
Cuius
regio, eius religio:
‘de quien sea el reino, de él será la religión’. O dicho de forma más libre: ‘la
religión del gobernante será la religión de sus súbditos’. Esta era la fórmula
del Sacro Imperio Romano Germánico durante el siglo XVI para resolver los
conflictos religiosos. Aunque no aparece en el texto regio, la frase se asocia
a la Paz de Augsburgo de 1555, un acuerdo firmado entre el emperador Carlos V y
los príncipes luteranos del Sacro Imperio. El principio que establecía cuius regio, eius religio
era que
cada príncipe podía elegir la religión oficial de su territorio. Tras la
Reforma protestante, las opciones eran el catolicismo o el luteranismo; por lo
tanto, los habitantes debían aceptar la religión establecida por su gobernante
o emigrar a otro territorio donde se practicara una de las confesiones que
deseasen seguir. Por consiguiente, la libertad religiosa era un asunto de
Estado que correspondía decidir según el criterio del gobernante, no del
individuo; es decir, se producía migración por causa de la religión.
Es evidente que, siglos más tarde, en las sociedades occidentalizadas, la libertad religiosa es un derecho que pertenece al individuo y a su asociación, no al Estado. Este solamente tiene la facultad de permitirla, de proteger sus actividades y libertades y de regular su participación pública, preservando la buena convivencia en todos los ámbitos. Pero no tiene el derecho de prohibir ninguna de ellas, ni tan siquiera de entrar en valoraciones teológicas o doctrinales, o de decidir sobre cuestiones internas de cada religión, a no ser que atenten contra alguno de los principios fundamentales del Estado o de los derechos humanos.
4- Religiones migrantes
El concepto
de religiones migrantes es una de las categorías más importantes de la
sociología de la religión contemporánea. Se refiere a las tradiciones
religiosas que se desplazan con los movimientos migratorios, estableciéndose en
nuevos países y transformando tanto a las comunidades de inmigrantes como a las
sociedades receptoras. No se trata simplemente de personas que cambian de
residencia, sino de la movilidad transnacional de creencias, prácticas,
instituciones, líderes religiosos y formas de organización. Sin embargo, el
concepto de migración misionera va más allá de las religiones migrantes,
observando la capacidad y pretensión de anunciar su fe a la sociedad receptora.
En esencia,
una religión migrante es aquella que acompaña a una población que emigra desde
su lugar de origen y se implanta en un nuevo contexto social, político y
cultural sin más afectación que la presencia y sus derivaciones sociales. Y una
migración misionera es la que en su proceso migratorio se instala en una nueva
sociedad distinta a la original, anunciando o comunicando con mayor o menor
intención, de forma más o menos activa o pasiva, su fe, creencias o experiencias
religiosas.
En la
historia reciente, religiones migrantes han desembarcado en otras sociedades,
afectándolas en mayor o menor grado. El islam ha sido transportado por
inmigrantes a Europa occidental; el hinduismo ha establecido comunidades indias
en el Reino Unido, Canadá o Estados Unidos; migrantes latinoamericanos de
confesión evangélica se han instalado en España; comunidades yazidíes fueron desplazadas por
la violencia en Irak; o iglesias ortodoxas se han fundado en Europa occidental
por ciudadanos del Este.
Pero en épocas pretéritas también hubo migración religiosa. Conquistadores españoles y portugueses llevaron la religión católica al otro lado del Atlántico, a África o Asia; puritanos europeos se instalaron en la América septentrional huyendo del acoso anglicano; hugonotes franceses escaparon a Inglaterra, Prusia, Suiza y los actuales Países Bajos tras la revocación del Edicto de Nantes; católicos irlandeses llevaron sus creencias a Estados Unidos, Canadá y Australia; colonos protestantes británicos contribuyeron a la expansión del anglicanismo en Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica; o menonitas y otros grupos anabaptistas emigraron a Rusia, América del Norte y América Latina.
5- Equipaje cultural
Las
religiones migrantes son consustanciales con los movimientos de población, ya
sean regionales, suprarregionales o globales. La religión, como equipaje
cultural, se traslada como la ropa, la forma de vestir, los documentos o los
bienes que viajan con ellos. Llevan consigo costumbres, valores éticos y
morales, tradiciones litúrgicas o ancestrales y maneras de expresarse con
términos asociados a su religiosidad. Estos elementos son importantes a tener
en cuenta, puesto que muchas veces la fe y la creencia quedan revestidan de un
ropaje que, en muchos casos, adquiere mayor significación que la propia esencia
creyente.
Cuando una
persona emigra pierde muchas referencias. Pierde el contacto con el idioma o
acento de procedencia, pierde relaciones familiares, vecindad y rutinas diarias
que le aportaban seguridad. Es por ello que, cuando llega a un nuevo lugar, el
ejercicio de su religión es un medio de conexión con su tierra de origen,
especialmente cuando contiene elementos litúrgicos semejantes a los que dejó
atrás. Por tanto, el equipaje religioso es un vestido cultural que cubre la
desnudez de la distancia. Así que, pese a que la fe esté muy arraigada en el
creyente migrante, el equipaje cultural de esa creencia podría llegar a ser
tanto o más intenso que la profundidad de su fe.
En confesiones litúrgicamente estandarizadas, como son la católica, la ortodoxa o el islam, la adherencia y pertenencia es, aparentemente, mucho más instantánea, lo que ayuda a la conservación de vínculos con su invarianza referencial. Sin embargo, en las comunidades de liturgias heterogéneas y diversificadas, como es el caso del evangelicalismo, la adhesión y conexión a menudo conlleva más tiempo de aproximación y vinculación. Pero, como veremos en siguientes capítulos, tras la aproximación tentativa acostumbra a producirse la vinculación activa, que en algunos casos puede derivar en diversos escenarios de sustitución.
6- Red de protección
Además del
espacio de reconexión espiritual y litúrgica, los lugares de culto son centros
de socialización. Entre otras, hay dos necesidades básicas que impulsan al
migrante creyente a ir a un oratorio religioso. Sin establecer un orden
concreto, ya que varía según cada individuo, una de ellas es la necesidad de
encarnarse con la trascendencia; es decir, trascender espiritualmente para
obtener una mirada más elevada de su realidad y/o mantener o profundizar en su
fe. La otra necesidad tiene que ver con la filiación social: ser parte de una
comunidad que sirva de red de protección y consiguiente apoyo social en el caso
de necesitarlo.
Básicamente, más que la búsqueda de un apoyo puntual o concreto, la necesidad instintiva del migrante es ser parte de algo que pueda ser su red de protección. Las iglesias evangélicas, como también mezquitas, templos o sinagogas, pueden ofrecer ayuda económica, suministro de alimentos, orientación legal, ayuda para encontrar vivienda, búsqueda de empleo, clases de idiomas, cuidados infantiles o apoyo emocional. Y con el deseo de sentirse amparados por una red de protección aunque no tengan ninguna necesidad inminente, los migrantes suelen asistir a congregaciones étnicas o en las que se reúnan personas de la misma o parecida procedencia para saberse auspiciados, tanto espiritual como materialmente.
7- Relaciones transnacionales
Peggy Levitt (1957-), socióloga y profesora de sociología en el Wellesley College de Massachusetts, sostiene que las comunidades religiosas integradas por migrantes se desenvuelven en tres dimensiones: el país de origen, el país receptor y las redes sociales. Estas tres magnitudes en una sola realidad propician vínculos en dos direcciones: lazos emocionales y culturales con el país de origen y, paralelamente, lo mismo con el de llegada. Curiosamente, esta dimensión confiere al migrante un sentido de pertenencia transnacional que, aparte de los beneficios espirituales, humanos y materiales que pudieran aportarle, fácilmente puede desembocar en una psicología social de migración flotante o migrante permanente, especialmente cuando se da en la primera generación. Es decir, mantienen un contacto fluido con el pasado, conviven con el presente y sus circunstancias, pero el futuro podría ser una variable muy incierta. Por lo tanto, convivir por largo tiempo con dos raíces identitarias más o menos equidistantes acostumbra a generar migrantes permanentes, con identificaciones más utilitarias que vinculadas.
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Próxima entrega:

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